Sé que todo esto se acabó, pero yo no quiero darme cuenta. No quiero darme cuenta porque entonces ya no serías nada para mí. Ya no tengo tu apoyo de la manera que lo tenía antes y es algo que añoro bastante. Tú eras ese alguien con quien se podía hablar de todo, ese alguien que se desahogaba y dejaba desahogarse, con quien pasear de la mano balanceándola para adelante y para atrás sin importar el qué dirán. El que te despertaba con un mensaje enviado a unas horas indecentes porque se había despertado pensando en ti, el que te echaba de menos nada más haberse despedido de ti en esa estación que quedará marcada en mi corazoncito, el que me prometió un equipo de fútbol y me dejó con las ganas de, siquiera, llegar a ser entrenadora. Hora y cuarto de camino nos separaban, pero en esos momentos no nos importó ya que las ganas que teníamos pudieron contigo y conmigo, con nosotros. Y lo mismo que ganamos, lo perdimos.
Tú, el que vino para quedarse con mi felicidad y ahora la maneja como quiere. Yo, la que se dedicó a ser feliz cada minuto a tu lado; la que no quiere perderte, ya no más.